
Quizá llevas tiempo bailando danza oriental y sientes que te faltan explicaciones. Aprendes pasos, pero te falta profundidad. Sabes moverte, pero no entiendes del todo lo que haces ni por qué.
Buscas a alguien que te explique de verdad, con detalle, con orden, con sentido.
O quizá estás empezando. Llevas un tiempo mirando vídeos y algo dentro de ti dice: esto es lo mío. Y quieres hacerlo bien desde el principio, sin vicios, sin tener que desaprender después lo que aprendiste mal.
En cualquier caso, estás en el sitio correcto.
Llevo más de 25 años enseñando a bailar y tengo una teoría.
Parece que elegimos esta danza. Que un día decidimos apuntarnos a una clase, buscar un vídeo, hacer clic en un enlace. Pero si lo piensas bien, ¿de verdad lo elegiste tú? ¿O simplemente algo dentro de ti respondió en realidad a una llamada?
Yo creo que la danza oriental nos elige.
Yo lo viví así. Un escalofrío. Una certeza antes de saber nada. No elegí la danza oriental. Ella me encontró a mí.
Y llevo mucho tiempo viendo que no soy la única.
Mi historia
Tuve una infancia complicada.
Pasaba mucho tiempo sola porque en el colegio nadie quería estar conmigo. Me acostumbré rápido, no me cuestionaba si había más opciones.
Mi refugio era encerrarme en mi cuarto. Imaginar otro mundo. Uno en el que solo existía yo, mi bicicleta, campos con muchas amapolas y un libro de cuentos que leí tantas veces que las primeras páginas me las sabía de memoria. Se llamaba Pegaojos.
Con 14 años toqué fondo y me revelé contra el mundo de la única manera que se me ocurrió.
Me puse cresta, me compré una chupa de cuero y decidí que no volvería a dejar que nadie me hiciera daño.
Terminé mis años de instituto con un 205 GTI, la bandera pirata en la luna trasera y la música a tope.
Tenía claro que quería hacerme respetar. Y funcionó.
Pero por dentro seguía igual de perdida.
Cuando llegué a la universidad no tenía ni idea de quién era ni qué quería hacer con mi vida. Hasta que vi un cartel en la pared.
Clase abierta de danza oriental. Sábado por la noche.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No sabía nada de esta danza. No había vídeos, Google y YouTube estaban aún en la incubadora.
Solo ese cartel y una certeza que no supe explicarme: tenía claro que me iba a gustar.
Fui. Y en cuanto vi a la profesora hacer los primeros ochos con la cadera y luego girar con el velo, algo en mí reconoció ese lugar. Ese día cambió todo.
Había vivido desconectada de mí y al escuchar la música y bailar, sentí por primera vez que había encontrado ese algo que me faltaba. Algo que me daba una felicidad con la que no me había atrevido ni a soñar.
Me apunté a todas las clases que había aquí en Pamplona. Luego me fui a Madrid a terminar la carrera y aproveché para estudiar con Shokry Mohamed, un gran maestro egipcio que tenía una escuela llamada Las Pirámides.
Pasé cuatro años en sus clases, en sus formaciones, en las fiestas de su jardín donde tocaban músicos en directo y yo salía a bailar sin miedo a que me miraran.
Bailando danza oriental disfrutaba y era feliz, como nunca antes.
En 2006 volví a Pamplona y abrí mi propia escuela de danza.
Desde entonces no he parado.
Festivales internacionales en mi escuela, giras por España junto a Randa Kamel y Tito Seif, dos primeros premios en concursos internacionales y once videoclips rodados con mis alumnas y bailarinas.


Esta danza me lo ha dado todo. Me dio un cuerpo que habitar, una razón para gustarme, un lugar al que pertenecer. Me devolvió algo que ni sabía que había perdido.
Y cuando recibes un regalo así, sientes que estás en deuda.
Mi manera de agradecer el regalo es enseñar la danza oriental como se merece. Tiene una imagen que no siempre la representa. La sensualidad bien entendida es elegancia, es presencia, es poder. No es vulgaridad.
Es arte en estado puro. Digna de los mejores escenarios. Y mi misión es enseñarla así para devolverla al lugar que merece.¿También crees que merece ese lugar?
Lo que eso significa para ti
Ya no estás sola. Tienes a alguien que ha pasado años buscando, clasificando, verificando y ordenando todo lo que sobre esta danza estaba disperso y sin sentido. Que ha recorrido el camino antes que tú. Que sabe dónde están los atajos y dónde están las trampas.
Cuando estudias conmigo no empiezas desde cero. Empiezas desde donde estoy yo.
Conmigo vas a aprender, entender y comprender lo que haces.
Mis clases son técnicas. Explicaré exactamente dónde va el peso, qué ángulo tiene cada parte del cuerpo, cómo se coloca la cadera antes de ejecutar el movimiento y por qué. No doy nada por supuesto. Cada detalle importa.
Pero también enseño lo que el cuerpo no puede aprender solo: estar presente mientras bailas, entender la música que interpretas y tener dominio real sobre cada parte de tu cuerpo.
Yo sé lo que esta danza puede hacer por ti si le dejas entrar en tu vida.
Lo sé porque lo viví. Porque esta danza me devolvió algo que creía que no tenía. Porque aprendí a mirarme, a habitarme, a reconocerme en el movimiento.
Eso es lo que enseño.
No solo a bailar. A encontrarte.

